En el opulento entorno de Riad, en medio del Fortune Global Forum, María Corina Machado, una figura sinónimo de la resistencia venezolana, pintó un cuadro de esperanza. Era octubre, y ella vislumbraba un futuro en el que Donald Trump, entonces Presidente de los Estados Unidos, defendería una transición democrática liderada por Venezuela. Avanzando rápidamente hasta el presente, la galardonada con el Premio Nobel de la Paz se encuentra no solo marginada, sino aparentemente traicionada por la misma fuerza que una vez esperó que liberara a su nación.
La historia de Machado es un microcosmos de la compleja y a menudo tensa relación entre la intervención internacional y la soberanía nacional. Venezuela, una nación rica en petróleo pero plagada de agitación política y colapso económico, ha sido durante mucho tiempo un peón en el tablero de ajedrez geopolítico. El ascenso de Hugo Chávez a finales de la década de 1990, con su revolución socialista y su retórica antiestadounidense, marcó un punto de inflexión. Su sucesor, Nicolás Maduro, ha presidido un período de profundización de la crisis, marcado por la hiperinflación, la escasez de bienes básicos y las violaciones generalizadas de los derechos humanos.
Durante años, la comunidad internacional se ha enfrentado al problema de cómo responder. Estados Unidos, bajo sucesivas administraciones, ha impuesto sanciones y presión diplomática, buscando aislar al régimen de Maduro. Las naciones europeas se han hecho eco de estas preocupaciones, aunque con un mayor énfasis en el diálogo y la negociación. Los países latinoamericanos, que en su día simpatizaron en gran medida con el proyecto socialista de Chávez, se han vuelto cada vez más críticos con las tendencias autoritarias de Maduro.
Machado surgió como una voz destacada de la oposición, abogando por una postura firme contra Maduro y un retorno a los principios democráticos. Su compromiso inquebrantable con unas elecciones libres y justas, sus críticas articuladas a la corrupción del régimen y sus sacrificios personales –incluidos períodos en la clandestinidad– resonaron entre los venezolanos que anhelan un cambio. Su Premio Nobel de la Paz, concedido en 2025, fue un testimonio de su valentía y un símbolo de esperanza para una nación desesperada.
Fue en este contexto que Machado depositó su fe, aunque fugazmente, en Donald Trump. Vio en su dura retórica y su voluntad de desafiar el statu quo un aliado potencial en su lucha. Su entrevista en el Fortune Global Forum, ahora teñida de ironía, reveló su creencia de que era esencial aumentar la presión sobre Maduro. Describió su régimen como una "estructura criminal, una estructura narcoterrorista" que estaba desestabilizando la región.
Pero la visión de Trump para Venezuela parece haber divergido bruscamente de la de Machado. En lugar de empoderar a las figuras de la oposición venezolana, Washington parece estar contemplando una transición gestionada por Estados Unidos, que podría involucrar a elementos dentro del movimiento chavista. La atención se ha desplazado hacia la obtención del control estadounidense del petróleo venezolano, una medida que huele a neocolonialismo y socava el principio de la autodeterminación nacional. Además, los informes sugieren que Washington está considerando asociarse con leales a Maduro, una traición a las aspiraciones democráticas del pueblo venezolano.
"Es un caso clásico de realpolitik que triunfa sobre el idealismo", dice la Dra. Isabella Márquez, profesora de estudios latinoamericanos en la London School of Economics. "Estados Unidos, como cualquier gran potencia, está impulsado por sus propios intereses estratégicos. Si bien puede predicar de boquilla la democracia y los derechos humanos, su principal preocupación es a menudo asegurar el acceso a los recursos y mantener su influencia geopolítica".
Las implicaciones de este cambio son profundas. Se corre el riesgo de alienar a la oposición venezolana, envalentonar a Maduro y desestabilizar aún más la región. También plantea interrogantes sobre la credibilidad de Estados Unidos como defensor de la democracia en el extranjero. Si Washington está dispuesto a hacer tratos con regímenes autoritarios para su propio beneficio, ¿qué mensaje envía eso a otros países que luchan por la libertad y la autodeterminación?
La experiencia de Machado sirve como una advertencia sobre los peligros de confiar en actores externos para resolver problemas internos. Si bien el apoyo internacional puede ser valioso, en última instancia, el destino de Venezuela está en manos de su propio pueblo. El camino a seguir requiere un compromiso renovado con el diálogo, la reconciliación y los principios democráticos. Exige que los venezolanos, a través del espectro político, encuentren puntos en común y trabajen juntos para construir un futuro más justo y próspero. También requiere que la comunidad internacional se resista a la tentación de imponer sus propias soluciones y, en cambio, apoye un proceso de transición liderado por Venezuela. El mundo observa, esperando que de las cenizas de las promesas rotas, una nueva Venezuela pueda resurgir.
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