Jueces de la Corte Penal Internacional (C.P.I.) han denunciado el impacto de las sanciones impuestas por la administración Trump, citando perturbaciones significativas en sus vidas profesionales y personales. Las sanciones, impuestas inicialmente en 2020, estaban dirigidas a funcionarios de la C.P.I. involucrados en investigaciones sobre presuntos crímenes de guerra cometidos por personal estadounidense en Afganistán.
Luz del Carmen Ibáñez Carranza, jueza de la C.P.I. y exfiscal en Perú, declaró que las sanciones han aislado efectivamente a los afectados del sistema financiero estadounidense. Esto incluye restricciones al acceso a fondos, bienes y tarjetas de crédito estadounidenses, así como prohibiciones a individuos y empresas en los Estados Unidos de interactuar con ellos. "Nos tratan como parias", dijo Ibáñez Carranza, "estamos en una lista con terroristas y narcotraficantes".
Las acciones de la administración Trump se derivaron de la decisión de la C.P.I. de investigar denuncias de crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad en Afganistán, que podrían involucrar a personal militar y de la Agencia Central de Inteligencia (C.I.A.) de EE. UU. Estados Unidos, al igual que otras naciones como Rusia, China e Israel, no es parte del Estatuto de Roma, el tratado que estableció la C.P.I., y no reconoce la jurisdicción del tribunal sobre sus ciudadanos. El gobierno de EE. UU. ha mantenido durante mucho tiempo que su sistema de justicia militar es capaz de manejar cualquier acusación de irregularidades por parte de su personal.
La C.P.I., con sede en La Haya, Países Bajos, es una organización intergubernamental y un tribunal internacional con jurisdicción para enjuiciar a personas por los crímenes internacionales de genocidio, crímenes de lesa humanidad, crímenes de guerra y el crimen de agresión. Está concebida como un tribunal de último recurso, que interviene solo cuando los tribunales nacionales no están dispuestos o no pueden enjuiciar tales crímenes. Las investigaciones del tribunal en Afganistán también incluyeron presuntos crímenes cometidos por los talibanes y las fuerzas afganas.
El 18 de diciembre, Washington añadió a dos jueces más de la C.P.I. a la lista de sanciones, elevando el número total de funcionarios sancionados a once, incluidos ocho jueces y los tres principales fiscales del tribunal. Las sanciones fueron ampliamente condenadas por académicos de derecho internacional y organizaciones de derechos humanos, quienes argumentaron que socavan la independencia del tribunal y su capacidad para responsabilizar a los autores de atrocidades. Los críticos también señalaron la ironía de que EE. UU., una nación que históricamente ha defendido la justicia internacional, ahora la obstruya activamente.
La administración Biden ha levantado desde entonces las sanciones impuestas por su predecesor. Sin embargo, el impacto a largo plazo en las operaciones de la C.P.I. y su relación con Estados Unidos está por verse. Las investigaciones en Afganistán se han suspendido, pero la C.P.I. sigue enfrentando desafíos para asegurar la cooperación de los estados y acceder a pruebas en zonas de conflicto en todo el mundo. La legitimidad y la eficacia del tribunal dependen del apoyo y la cooperación de la comunidad internacional, incluidas las naciones poderosas como Estados Unidos.
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