En el corazón industrial de Rusia, en medio del austero paisaje de Karabash, la Escuela N.º 1 fue en su día un refugio. Para Pavel Talankin, un videógrafo y coordinador de eventos de 34 años, era más que un simple trabajo; era una pasión. Documentaba meticulosamente la vida escolar, desde las fiestas navideñas hasta las ceremonias de graduación, fomentando un espacio creativo donde los estudiantes podían evadirse, tocar la guitarra y filmar vídeos musicales. "Me encantaba este lugar", confesó Talankin, con la voz teñida de nostalgia. "Me encantaba lo que hacíamos antes de la guerra". Pero la guerra lo cambió todo, transformando su papel de documentalista en participante involuntario de una narrativa más amplia e insidiosa.
La historia de Talankin ofrece una visión escalofriante de cómo los regímenes autoritarios como la Rusia de Putin están aprovechando la tecnología y la propaganda para moldear a la próxima generación. Su experiencia pone de relieve una preocupación creciente: la instrumentalización de la educación y la influencia sutil, pero omnipresente, de las narrativas controladas por el Estado en las mentes jóvenes. El acto aparentemente inocuo de filmar eventos escolares se convirtió en un conducto para difundir una versión cuidadosamente seleccionada de la historia y la identidad nacional.
El cambio fue gradual, casi imperceptible. Inicialmente, Talankin se centró en capturar las alegrías y las luchas cotidianas de sus alumnos. Pero a medida que el clima político de Rusia se volvía cada vez más nacionalista, también lo hacían el plan de estudios y las actividades extraescolares de la escuela. Las exhibiciones patrióticas se hicieron más frecuentes, y la narrativa en torno al papel de Rusia en el mundo se volvió cada vez más asertiva. Talankin, de pie detrás de su cámara, empezó a sentirse como un engranaje de una máquina, documentando no solo los eventos escolares, sino el adoctrinamiento sutil de sus alumnos. "Estoy ahí filmando, y entiendo que lo que entra en la cámara no es solo una lección, sino historia", se dio cuenta.
Esta manipulación no se limita a las aulas tradicionales. Los algoritmos impulsados por la IA se utilizan cada vez más para personalizar y dirigir la propaganda, haciéndola más eficaz y difícil de detectar. La tecnología de "deepfake" puede crear vídeos realistas pero fabricados de acontecimientos históricos o figuras políticas, distorsionando aún más la realidad. Las plataformas de redes sociales, a menudo utilizadas por los jóvenes, se convierten en cámaras de eco donde se amplifican las narrativas patrocinadas por el Estado y se silencian las voces disidentes.
Las implicaciones de esto son profundas. Al controlar la información que consumen los jóvenes, los regímenes pueden moldear su percepción del mundo, inculcar una lealtad inquebrantable y cultivar una generación que acepte incuestionablemente el statu quo. Esto no solo sofoca el pensamiento crítico y el pensamiento independiente, sino que también crea un terreno fértil para futuros conflictos e inestabilidad.
"El uso de la IA en la propaganda es un punto de inflexión", explica la Dra. Anya Petrova, especialista en propaganda digital de la Universidad de Copenhague, que ha seguido el caso de Talankin. "Permite la creación de mensajes altamente personalizados y persuasivos que eluden las defensas tradicionales contra la manipulación. Estamos viendo un cambio de la propaganda burda y descendente a un enfoque más sofisticado y ascendente que aprovecha el poder de las redes sociales y los algoritmos de la IA".
El reto consiste en combatir esta forma insidiosa de manipulación. Los expertos abogan por una educación en alfabetización mediática que dote a los jóvenes de las habilidades de pensamiento crítico necesarias para discernir entre la realidad y la ficción. También piden una mayor transparencia y responsabilidad por parte de las plataformas de redes sociales a la hora de identificar y eliminar la propaganda patrocinada por el Estado.
La historia de Talankin sirve como una dura advertencia. Subraya la importancia de salvaguardar la educación de la injerencia política y de capacitar a los jóvenes para que piensen de forma crítica e independiente. A medida que la tecnología de la IA siga evolucionando, la lucha por la verdad y la objetividad en la educación no hará sino volverse más difícil. El futuro de la democracia puede depender de ello.
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