Las protestas a nivel nacional en Irán se han intensificado, lo que plantea interrogantes sobre si el país se dirige hacia otra revolución similar a la de 1979 que derrocó al Shah. Si bien los disturbios actuales evocan recuerdos de la movilización masiva durante los últimos meses del gobierno del Shah, los expertos argumentan que comparar las dos situaciones es engañoso.
La revolución de 1979, que alteró drásticamente el panorama político de Irán y tuvo importantes repercusiones para Oriente Medio y el mundo, no fue únicamente el resultado de protestas generalizadas. Según Saeid Golkar, profesor asistente de ciencias políticas en la Universidad de Tennessee, Chattanooga, el éxito de la revolución dependió de la convergencia de un movimiento de oposición coordinado liderado por el ayatolá Ruhollah Khomeini y, fundamentalmente, la desintegración del régimen gobernante.
El régimen del Shah, respaldado por Estados Unidos, enfrentó crecientes críticas por su gobierno autoritario, los abusos contra los derechos humanos y las políticas de occidentalización percibidas, que alienaron a segmentos de la población. La revolución marcó el comienzo de una República Islámica, cambiando fundamentalmente la política exterior de Irán y su relación con la comunidad internacional. La revolución provocó ondas expansivas en toda la región, inspirando movimientos islamistas y alterando el equilibrio de poder.
Hoy en día, si bien el descontento generalizado hierve a fuego lento dentro de Irán debido a las dificultades económicas, la represión política y las restricciones sociales, las circunstancias actuales difieren significativamente de las de 1979. El gobierno iraní, a pesar de enfrentar desafíos internos y presión internacional, mantiene un firme control del poder a través de su aparato de seguridad y goza del apoyo de un segmento de la población. La oposición está fragmentada y carece de un líder unificador con la estatura y la influencia del ayatolá Khomeini.
Además, el contexto geopolítico ha cambiado drásticamente. En 1979, la Guerra Fría estaba en curso y Estados Unidos veía a Irán como un aliado crucial para contener la influencia soviética. Hoy, Estados Unidos e Irán son adversarios, con tensiones continuas sobre el programa nuclear de Irán, la influencia regional y el historial de derechos humanos. Las sanciones internacionales han paralizado la economía iraní, exacerbando el descontento público, pero también fortaleciendo potencialmente la determinación de algunos dentro del régimen de resistir la presión externa.
Las protestas actuales, aunque significativas, aún no han alcanzado el nivel de coordinación e intensidad que se vio en 1979. El gobierno ha respondido con una combinación de represión y concesiones, intentando sofocar los disturbios y al mismo tiempo abordar algunas de las quejas subyacentes. La trayectoria futura de Irán sigue siendo incierta, pero los analistas sugieren que una repetición de 1979 es poco probable dadas las dinámicas actuales dentro del país y el panorama geopolítico más amplio.
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