Estados Unidos completó oficialmente su retirada de la Organización Mundial de la Salud (OMS) el 23 de enero de 2026, una medida que provocó ondas expansivas en el panorama de la salud mundial y generó preocupación sobre el futuro de la financiación y la colaboración internacionales en materia de atención médica. La retirada, iniciada años antes, finalizó la cesación de la membresía de EE. UU., marcando la primera vez desde 1948 que la nación no formaba parte de la organización.
Las implicaciones financieras de la salida de EE. UU. son significativas. Antes de la retirada, EE. UU. era el mayor contribuyente individual de la OMS, aportando aproximadamente el 15% de su presupuesto anual, que en 2025 ascendió a 3.100 millones de dólares. Esto se traduce en una pérdida de aproximadamente 465 millones de dólares anuales, lo que afecta la capacidad de la OMS para financiar programas críticos que abordan enfermedades infecciosas, la salud maternoinfantil y los esfuerzos de respuesta a emergencias, particularmente en las naciones en desarrollo. El efecto inmediato fue una lucha entre otros estados miembros y organizaciones filantrópicas para llenar el vacío de financiación.
El contexto del mercado que rodea la retirada es complejo. EE. UU. citó preocupaciones sobre el manejo de la pandemia de COVID-19 por parte de la OMS como justificación de su decisión, alegando falta de transparencia e influencia indebida de otras naciones. Esta acción ocurrió en medio de una tendencia más amplia de crecientes tensiones geopolíticas y un cuestionamiento de las instituciones multilaterales. La retirada creó incertidumbre para las compañías farmacéuticas y los fabricantes de dispositivos médicos que dependían de la orientación y las asociaciones de la OMS para el acceso al mercado, particularmente en las economías emergentes. Muchas empresas ahora están reevaluando sus estrategias globales y explorando vías alternativas para las aprobaciones regulatorias y la distribución en estas regiones.
La OMS, establecida en 1948, ha desempeñado un papel fundamental en la coordinación de los esfuerzos internacionales en materia de salud, el establecimiento de normas sanitarias mundiales y la prestación de asistencia técnica a los países de todo el mundo. Su trabajo ha sido fundamental para erradicar enfermedades como la viruela y lograr avances significativos en la lucha contra la poliomielitis y otras enfermedades infecciosas. Sin embargo, la organización ha enfrentado críticas por sus procesos burocráticos y las ineficiencias percibidas. La retirada de EE. UU. amplificó estas críticas y alimentó los debates sobre la gobernanza y la rendición de cuentas de la OMS.
De cara al futuro, el futuro de la cooperación mundial en materia de salud sigue siendo incierto. Si bien otras naciones se han comprometido a aumentar sus contribuciones a la OMS, es poco probable que puedan compensar por completo la pérdida de financiación y experiencia de EE. UU. La retirada también puede envalentonar a otros países a cuestionar su compromiso con la organización, lo que podría conducir a una mayor fragmentación de los esfuerzos mundiales en materia de salud. Las consecuencias a largo plazo podrían incluir un resurgimiento de enfermedades prevenibles, un progreso más lento en el logro de los objetivos mundiales en materia de salud y una mayor vulnerabilidad a futuras pandemias. La comunidad mundial de la salud ahora está lidiando con el desafío de navegar por una nueva era de incertidumbre y forjar nuevas asociaciones para garantizar que los servicios de salud esenciales lleguen a quienes más los necesitan.
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