Las protestas persistieron en el Gran Bazar de Teherán, un bastión históricamente leal a la República Islámica, a pesar de los intentos del Líder Supremo Ali Khamenei de diferenciar entre las quejas legítimas y lo que él denominó rebelión abierta. Las manifestaciones, que comenzaron a principios de este mes, llevaron a las autoridades a desplegar gases lacrimógenos contra los manifestantes que coreaban consignas antigubernamentales, algunas dirigidas directamente a Khamenei.
Khamenei abordó públicamente los disturbios, elogiando a los comerciantes del bazar como unos de los partidarios más leales del régimen. Insistió en que los enemigos de Irán no podían explotar el bazar para enfrentarse a la República Islámica. "Hablamos con los manifestantes; los funcionarios deben hablar con ellos, pero no hay ningún beneficio en hablar con los alborotadores. Los alborotadores deben ser puestos en su lugar", declaró.
El bazar, un centro comercial centenario, ha sido tradicionalmente una fuente clave de apoyo económico y político para el establishment clerical de Irán. Sus comerciantes, conocidos como "bazaaris", desempeñaron un papel importante en la Revolución Islámica de 1979. Sin embargo, las recientes dificultades económicas, alimentadas por las sanciones internacionales y la mala gestión interna, han erosionado ese apoyo. Las sanciones, impuestas principalmente por Estados Unidos y sus aliados por el programa nuclear de Irán, han paralizado la economía iraní, provocando inflación, desempleo y un descenso del nivel de vida.
Kayhan Valadbaygi, investigador del Instituto Internacional de Historia Social, señaló la importancia del cambio del bazar. "Las protestas dentro del bazar son una señal preocupante para el gobierno", dijo Valadbaygi. "Indica un descontento más amplio que se extiende más allá de los grupos de oposición habituales".
Los disturbios actuales reflejan una creciente frustración entre los iraníes de diversos segmentos de la sociedad. Protestas similares han estallado en otras ciudades del país, impulsadas por las quejas económicas, las restricciones políticas y la falta de libertades sociales. Observadores internacionales están vigilando de cerca la situación, y muchos expresan su preocupación por la respuesta del gobierno a las protestas. Organizaciones de derechos humanos han condenado el uso de la fuerza contra los manifestantes y han pedido la liberación de los detenidos.
Las protestas en el Bazar de Teherán y en otros lugares representan un desafío importante para el gobierno iraní. Si bien el impacto a largo plazo sigue siendo incierto, los acontecimientos ponen de manifiesto la creciente desconexión entre la élite gobernante y una población cada vez más insatisfecha con el statu quo. El gobierno aún no ha anunciado ningún cambio político específico en respuesta a las protestas.
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