Las acciones de los productores estadounidenses de petróleo de esquisto, incluyendo Diamondback Energy y Devon Energy, cayeron la semana pasada tras la noticia de la captura por parte de EE. UU. del presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. Este acontecimiento introduce la posibilidad de un aumento en la producción de petróleo venezolano, lo que podría exacerbar un exceso de oferta mundial de petróleo ya existente con el que los productores de fracking estadounidenses ya estaban luchando.
La industria del fracking en EE. UU. se ha convertido en una fuerza dominante en la producción nacional de petróleo en las últimas dos décadas, representando el 64% de la producción total de petróleo crudo de EE. UU. en 2023. Con niveles de producción promedio de 13,6 millones de barriles por día (BPD), EE. UU. actualmente ocupa el puesto como el mayor productor mundial de petróleo crudo. Sin embargo, las empresas estadounidenses anticipan su primera caída de producción en cuatro años en 2026, mientras que simultáneamente se enfrentan a precios del petróleo en mínimos de cuatro años.
El resurgimiento potencial de la producción de petróleo venezolano añade otra capa de complejidad al mercado energético mundial. Venezuela, que alguna vez fue un importante productor de petróleo, ha visto su producción disminuir drásticamente en los últimos años debido a la inestabilidad económica, la corrupción y la mala gestión bajo el liderazgo de Maduro. La perspectiva de que las empresas estadounidenses inviertan miles de millones en los campos petroleros venezolanos, como ha sugerido la administración Trump, podría impulsar significativamente la producción del país e inyectar más oferta en un mercado ya saturado.
Esta situación presenta un desafío para la OPEP y sus aliados, que han estado trabajando para gestionar el suministro mundial de petróleo mediante recortes de producción. El aumento de la producción venezolana podría socavar estos esfuerzos y ejercer una mayor presión a la baja sobre los precios, lo que afectaría a las economías de las naciones productoras de petróleo en todo el mundo. La medida también plantea interrogantes sobre las implicaciones a largo plazo para la seguridad energética y la estabilidad geopolítica en la región.
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