En los laberínticos pasillos de Bruselas, una tensión familiar se está gestando. Apenas unos meses después de aparentemente haber negociado una frágil tregua, la Unión Europea se encuentra una vez más contemplando una guerra comercial con los Estados Unidos. La reciente amenaza del presidente Donald Trump de imponer aranceles a las naciones europeas ha reavivado las discusiones sobre una poderosa, aunque previamente archivada, medida de represalia: un gravamen de 93.000 millones de euros (108.000 millones de dólares) sobre los productos estadounidenses.
La respuesta de la UE, que actualmente se debate a puerta cerrada, pone de relieve la naturaleza precaria de las relaciones comerciales transatlánticas bajo la administración Trump. Los embajadores de la UE se reunieron el domingo por la noche, con la tarea de forjar una estrategia unificada frente a lo que muchos perciben como un renovado ataque a los intereses económicos europeos. El detonante inmediato de esta renovada tensión es el anuncio de Trump de un arancel del 10% sobre los productos procedentes de ocho países europeos, previsto para el 1 de febrero, ostensiblemente en respuesta a sus acciones con respecto a Groenlandia.
Sin embargo, las raíces de este conflicto son más profundas. El año pasado, la UE ya había preparado una lista de productos estadounidenses objeto de aranceles, por un importe de 93.000 millones de euros. Esto fue en respuesta a anteriores disputas comerciales, pero la aplicación se suspendió tras un acuerdo comercial tentativo entre las dos potencias. Ahora, con la última medida de Trump, los legisladores europeos están señalando una posible reversión, sugiriendo que podrían retener la aprobación del pacto comercial previamente acordado.
Añadiendo otra capa de complejidad, la UE también está considerando desplegar su "instrumento anti-coerción", una herramienta diseñada para disuadir y contrarrestar lo que percibe como presión económica injusta de terceros países. El presidente francés, Emmanuel Macron, ha sugerido, según se informa, explorar esta opción, aunque la propia Francia había dudado previamente en utilizarla, temiendo nuevas represalias por parte de la administración Trump. El instrumento anti-coerción, aunque potencialmente eficaz, conlleva sus propios riesgos, que podrían agravar aún más el conflicto comercial.
La situación no está exenta de matices. Algunos dentro de la UE abogan por una respuesta mesurada, enfatizando la importancia de mantener una relación de trabajo con los EE.UU., un aliado crucial en otros ámbitos geopolíticos. Otros abogan por una postura más enérgica, afirmando que ceder a las amenazas de Trump no haría sino envalentonar aún más las tácticas comerciales agresivas.
"Tenemos que ser firmes pero también estratégicos", dijo un diplomático de la UE, hablando bajo condición de anonimato, al Financial Times. "Un enfoque de ojo por ojo podría resultar satisfactorio a corto plazo, pero en última instancia podría perjudicar a nuestras dos economías".
El impacto potencial de una guerra comercial en toda regla es significativo. Las industrias europeas, desde la agricultura hasta la automoción, podrían enfrentarse a un aumento de los costes y a una reducción del acceso al mercado estadounidense. Por el contrario, las empresas estadounidenses podrían ver disminuir sus exportaciones a Europa, lo que afectaría al empleo y al crecimiento económico en los Estados Unidos.
Mientras la UE delibera sobre su próximo movimiento, el mundo observa con gran expectación. El resultado de este enfrentamiento transatlántico no sólo dará forma al futuro de las relaciones comerciales entre Europa y Estados Unidos, sino que también enviará una poderosa señal sobre el orden mundial y el papel de la coerción económica en la política internacional. Las próximas semanas serán cruciales para determinar si las dos partes pueden encontrar un camino de vuelta a la cooperación o si están destinadas a una guerra comercial prolongada y perjudicial.
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