A pesar de una historia de resentimiento hacia el intervencionismo estadounidense en América Latina, la respuesta a las acciones de Trump fue mayoritariamente de apoyo. Las encuestas indicaron que el 74 por ciento de los peruanos, el 63 por ciento de los chilenos y la mayoría de los colombianos, brasileños, argentinos y panameños aprobaron la intervención. Este apoyo trascendió los agravios históricos, incluso en Panamá, un país invadido por Estados Unidos hace casi tres décadas para destituir a un líder autoritario.
Carlos Segura, un profesor de 36 años en Buenos Aires, expresó su satisfacción, afirmando: "Estoy contento porque vi la caída de un dictador y estoy contento porque mis amigos venezolanos están contentos". Este sentimiento reflejó una sensación más amplia de esperanza y alivio entre muchos latinoamericanos que veían el régimen de Maduro como opresivo.
La intervención y su posterior respaldo resaltan un cambio complejo en las actitudes latinoamericanas hacia la política exterior estadounidense. Si bien la desconfianza histórica persiste, el deseo de un cambio democrático y estabilidad en Venezuela pareció superar las preocupaciones sobre la injerencia estadounidense para una parte importante de la población. La falta de protestas organizadas generalizadas, a pesar del frenesí inicial, subrayó aún más esta perspectiva matizada.
La situación en Venezuela sigue siendo fluida y las consecuencias a largo plazo de la intervención aún están por verse. Sin embargo, el apoyo inicial de la mayoría de los latinoamericanos sugiere una posible realineación de la dinámica regional y una voluntad de considerar la participación de Estados Unidos, bajo ciertas circunstancias, como un catalizador para un cambio positivo. Los próximos meses serán cruciales para determinar si este respaldo inicial se traduce en una estabilidad duradera y un progreso democrático en Venezuela.
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