Las protestas en Irán se intensificaron la semana pasada, encontrándose con un apagón de internet impuesto por el gobierno, un aumento de la violencia estatal y una retórica cada vez mayor que etiquetaba a los manifestantes como terroristas y saboteadores. El número exacto de muertos sigue sin estar claro en medio de los disturbios, que coinciden con el aumento de las tensiones entre Irán y Estados Unidos, creando una situación volátil que marca una de las convulsiones políticas más significativas en Irán en los últimos años.
La respuesta del gobierno iraní incluyó un cierre casi total del acceso a Internet, una táctica empleada con frecuencia para controlar el flujo de información y reprimir la disidencia. "El apagón de Internet es una herramienta utilizada por el gobierno para evitar que los manifestantes se organicen y compartan información con el mundo exterior", dijo Tohid Asadi, corresponsal de Al Jazeera English. Esta restricción dificulta la verificación de los informes del interior del país, lo que contribuye a la incertidumbre en torno a las cifras de víctimas y el alcance de las protestas.
Los disturbios actuales tienen sus raíces en una compleja interacción de quejas económicas, frustraciones políticas y descontento social. La economía de Irán ha estado luchando bajo el peso de las sanciones internacionales, particularmente las impuestas por Estados Unidos tras su retirada del acuerdo nuclear de 2015. Estas sanciones han provocado un aumento de la inflación, el desempleo y una disminución del nivel de vida, lo que ha alimentado la ira pública. "Existe una profunda sensación de dificultades económicas y falta de oportunidades, especialmente entre los jóvenes", explicó Narges Bajoghli, profesora asistente en la Universidad Johns Hopkins.
Las protestas también reflejan una lucha más amplia por las libertades políticas y sociales dentro de Irán. Si bien el país tiene un historial de manifestaciones periódicas, la ola actual parece estar impulsada por una gama más amplia de quejas y una sensación más profunda de desilusión con el establishment político. Roxane Farmanfarmaian, profesora de la Universidad de Cambridge, señaló que "estas protestas no se tratan solo de economía; se trata de un deseo de mayor participación política y cambio social".
Las crecientes tensiones entre Irán y Estados Unidos complican aún más la situación. Estados Unidos ha condenado la represión del gobierno iraní contra los manifestantes y ha pedido respeto por los derechos humanos. Sin embargo, algunos analistas temen que la participación de Estados Unidos pueda ser contraproducente, fortaleciendo potencialmente la narrativa del gobierno de que las protestas están siendo alimentadas por la injerencia extranjera. Farzan Sabet, investigador gerente del Centro de Gobernanza Global, advirtió que "la presión externa a veces puede ser contraproducente, permitiendo que el gobierno obtenga apoyo al presentarse como defensor de la nación contra enemigos extranjeros".
A partir de ahora, las protestas continúan, aunque bajo un velo de información restringida. El gobierno iraní no muestra signos de aliviar su represión, y la comunidad internacional sigue dividida sobre cómo responder. Los próximos días y semanas serán críticos para determinar la trayectoria de los disturbios y su impacto potencial en el panorama político de Irán y su relación con el mundo.
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